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DIEGO MOSQUERA: SU VIDA EN TIPUTINI 

Diego Mosquera lleva ya varios años en la estación de Biodiversidad Tiputini, de la cual es director. Su amplio amor por la ciencia ha originado una vocación muy fuerte. Ella le ha llevado a renunciar a muchos placeres mundanos. Ha hecho que, en definitva, lleve una vida no regular. 

 

Parecería que las carencias que de esta se derivan bastaría para hacer mella de su pasión científica. No ha sido así y esta es hoy más firme que nunca. Lo prueba el hecho de que, de un tiempo acá, Diego se haya dedicado a la instalación de las cámaras trampa, con las cuales pretender captural el inusual encanto que la naturaleza ejerce en el Yasuní, para exhibirlo al mundo y prevenir la destrucción de uno de los sitios más biodiversos. Aquí está su historia. 

 

DIEGO MOSQUERA: SU VIDA EN TIPUTINI 

“Lo que más me gusta de la selva es el bosque, los animales, la tranquilidad”, dice Diego Mosquera tranquilamente mientras se interna, levemente, por un sendero de la estación Tiputini de biodiversidad. Sus palabras ya anticipan, por más que sea de una manera todavía difusa, el cambio radical que sufrió su vida hace 10 años, cuando contaba 25.

 

Entonces, la pasión de Diego por la selva, el páramo y los ambientes naturales en general acabaron por inclinarlo a vivir en la selva. Al cabo de este tiempo ha aprendido ha forjado un estilo de vida adaptado por completo a la ausencia de las comodidades de la ciudad. “Hay gente que me ha dicho: ah, Tiputini, es el paraíso, pero yo no viviría ahí”, recuerda, un poco risueñamente. Si bien puede adivinarse, a través de sus espontáneas maneras, a  una personalidad descomplicada, también puede verse a un hombre dotado de un inseparable rigor, el cual lo ha llevado a donde está. Este día lleva bermudas, botas (que han reemplazado las sandalias que llevaba hace poco, antes de entrar a la selva) y una camiseta gris de Héroes de silencio, lo que le confiere un aspecto libre por completo de una molesta solemnidad.

 

El particular estilo de vida que lleva lo ha limitado para hacer algunas de las actividades de distracción que, de cuando en cuando, son practicadas por una persona. “Aquí no tienes vida…no puedes tomarte una cerveza, no puedes ir al cine, o a un concierte, o tener una novia, o irte de vacaciones normalmente, o irte a un curso que te interesa”, señala, aunque pocos segundos más tarde deja en claro que las recompensas de estar en aquel sitio sobrepasan las dificultades. La mayor de ellas es, sin duda, el contacto con los animales.

 

Asimismo, el hecho de vivir en la selva lo ha limitado para tener una vida normal en familia. No obstante, Diego cree que su situación en este aspecto no es tan complicada como la de muchos compañeros de la estación. “Yo tengo un padre que vive aquí. Lo visito cuando voy, tengo dos hermanos que no viven aquí y mi madre murió hace muchos años. Los otros compañeros están casados, tienen esposas, hijos. Como yo he estado aquí desde joven, no he tenido siquiera el tiempo de hacer una familia”, afirma.

 

 Un día en la vida en la vida de Diego es complicado. Sus obligaciones diarias no se componen de tareas mecanizadas, sino de una necesidad de estar atento para asegurarse de que la estación funcione correctamente. “De que haya agua, de que haya leche, de que no haya una tabla rota, de que haya luz, de que el agua esté limpia. Entonces, cualquier cosita que no esté bien es mi responsabilidad. Y mucha gente no se da cuenta de tu trabajo hasta que desapareces. Pero afortunadamente por el mucho tiempo que llevo aquí ya sé las mañas, la manera de resolver problemas”, señala, con una voz tan tranquila que parece no estar refiriéndose a las tareas que acaba de enumerar. No obstante su profunda dedicación y pasión por lo que hace, reconoce que la ocasión de caer en el aburrimiento es permanente, y afirma que mantener la mente ocupada y crear distracciones de todo tipo es algo necesario.

 

Hay un momento en que a Diego la selva le molesta, le hastía. En ese momento nace el deseo de retornar a la ciudad, pero una vez allá las cosas no son como las había pensado. “Siento unas ganas de volver ese rato. Sinceramente, no me adapto allá, a dormir en la ciudad, a la contaminación, al ruido, a la altura. Me cuesta dormir, con los pitos, sirenas”, afirma, con firmeza.

 

Tal vez lo que propició su vocación fue su gusto infantil por ir al bosque y el juvenil por el andinismo. Los animales siempre lo fascinaron y ello venció las dificultades que encontró, tanto inicialmente (la humedad, la falta de comodidades) como posteriormente (el paludismo, que sufrió dos veces, y la leishmaniosis).

 

Si a algo ha consagrado Diego su labor como científico es a las cámaras trampa. Cuando llega, finalmente, al sitio en que se encuentra la primera, le es imposible ocultar el entusiasmo que lo embarga.  Alrededor de 17 de estos artefactos se encuentran colocados en los alrededores de la parte habitable de la estación. Estas son cámaras estáticas, dotadas de un sensor especial que detecta a los animales que pasen cerca de ellas. Su resolución no es de lo mejor, pero gracias a ellas puede obtenerse un valioso testimonio fotográfico o fílmico de los animales cercanos. Por lo general se colocan en los senderos, a nivel del suelo. “Se podrían colocar en árboles, pero no sabemos si los animales van a pasar por ahí”, indica Diego.

 

Las cámaras no se utilizan para descubrir nuevas especies. Diego es enfático en ello: “al inicio te puedes emocionar mucho porque ves a alguna especie y luego llegarán otras. Pero al cabo de unos meses ya habrán pasado muchas y cada vez se hará más difícil que vengan nuevas especies”. Se utilizan, en realidad, para obtener un registro valioso de las maravillas que alberga el bosque tropical del Yasuní, el cual será utilizado para crear algún tipo de conciencia posteriormente. La espontaneidad de estos registros es algo que Diego destaca particularmente. “Nat Geo y BBC han venido aquí, y viendo las tomas tan perfectas te preguntas como han hecho eso y en realidad son, a veces, tomas de animales cautiverio y cosas así. Esto (las cámaras trampa que él ha instalado) tiene un feeling más real. Aunque, a decir verdad, lo que importa a la final es el mensaje”, resalta, entusiasmado.

 

Una cosa que a Diego le desagrada muchísimo es el tráfico de vida silvestre. “Es una cosa muy rentable, casi tanto como el tráfico de armas y drogas. Es malo porque para que ese animal llegue a tus manos se han muerto unos 9”, explica, con un deje de enojo transparentado a través de sus palabras. A la muerte de los animales añade otro factor: el hecho de que reintroducir a un animal a su hábitat natural sea complicado. 

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